Saúl Ñíguez

Recibe el balón en el círculo central del campo, el equipo está descolocado, la defensa rival en su sitio.  Es un bajito que lleva la rojiblanca con el 8 a la espalda, nada que temer de un chaval que apenas ha destacado. Hasta que su bota acaricia el balón.

Finta a la derecha, arranca la carrera hacia la portería y deja atrás a su marca que le sigue, que no se atreve a hacer falta, incapaz de rozar el balón. Lo esconde, mira alrededor y se ve rodeado de contrarios. Sigue , finta de nuevo y se encuentra al borde del área, con tres rivales a los flancos, cerrando el espacio. O lo cerraban, porque el colchonero dribla y hace un siete a la defensa alemana, que una semana después siguen preguntándose por dónde se coló la lagartija.

Tan sólo quedan dos, central y portero, que le separan de la red, se enfrenta al defensa, que bloca el paso; pero el chico no se rinde, finta, esconde la bola y busca el hueco imposible para cruzar un disparo y mandar el balón al fondo de la red y dejar con la boca abierta a media Europa.

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Es Saúl Ñiguez, centrocampista, delantero, media punta, extremo, defensa. Es el chico de moda desde aquella noche de Champions, lo mismo corre sesenta metros para robar un balón al rival y lanzar el contragolpe que remata un córner con precisión digna del mismo Godín.

Tiene 21 añitos, es internacional indiscutible con la rojita y debutado con la Absoluta, es un jugón, como hubiera dicho Andrés Montes, es colchonero y bien podría ser Oliver Atom cuando se encuentra con su amigo el balón. En Siempre el 8 hemos tenido acceso a la nevera de Saúl y podemos asegurar que desayuna Cereales al contragolpe, come remates a puerta con patatas y cena esa carne especiada con la magia del fútbol acompañada de un vaso de Cholismo. Y es que en casa son futbolistas padre, Saúl y los otros dos Ñiguez.

Nacido en casa de fútbol, pertenece a las categorías inferiores del Atlético desde los trece años, donde creció y se hizo futbolista hasta llegar a debutar en la orilla del Manzanares nada menos que en un partido de UEFA contra el Besiktas. No siempre fue carne del Cerro del Espino, el ilicitano llegó a Madrid con billete de ida al Cerro del Espino, a la cantera rival, donde pasó dos años, algo amargos en lo extradeportivo. Tómense si quieren, amigos merengues, la licencia de decir que Ñiguez nació en su escuela. Fichajes imposibles, que dirían ahora, entre rivales de la capital, pero todo se le perdona a Saúl, hasta sus inicios madridistas.

Su sed inagotable de gol no encontraba hueco en la plantilla del primer equipo colchonero, y marchó cedido no muy lejos de casa, a las colinas vallecanas, donde fue una de las llaves que lograron la permanencia del Rayo en primera.

Corría el otoño de 2014 cuando el de Elche regresó al Calderón pisando fuerte, para convertirse en una de las piezas claves en el equipo del Cholo, y desde entonces no se deja de corear su nombre en la grada. Se erigió a sí mismo como compañero y sustituto de Koke, y su versatilidad acabó haciéndole un hueco en el verde partido a partido, cada domingo.

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Su arrojo y talento siempre le han tenido entre los jugadores más queridos de la afición, aunque no terminara de adaptarse al estilo de juego que el cuerpo técnico planteaba para este Atlético. Saúl es un jugador que lleva magia en las botas, que le cuesta despuntar y arrancarse, pero cuando el nuevo 8 rojiblanco dice vamos, que se preparen, porque el chico es todo un espectáculo del fútbol.
Costó encontrar un digno sucesor del gran Raúl García, ya lo advertíamos en su despedida, pero Saúl se ha hecho con la elástica, aún en contra del que parecía un sistema inamovible inherente al cholismo, el 4-4-2 con dos mediocentros defensivos, y aportando un granito más al espectáculo del fútbol.

Qué casualidad que de nuevo estemos hablando de un grande que porta en su espalda el número 8.

Por qué será, seguimos preguntándonos, que es Siempre el 8.

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