Bayern Leverkusen 2 – Atlético de Madrid 4

El Atleti en Europa es una auténtica fiera. Lo lleva demostrando muchas temporadas y el partidazo de anoche lo refuerza todavía más.

Un partido de los que hacen afición. Casi sin despeinarse, acorralando a los alemanes durante casi los 90 minutos, se consiguió un partido, que prometía perfecto. Pero nada es perfecto y menos en una ciencia tan inexacta como el fútbol.

Dos fallos de Moyá y algún que otro tiro que no pudo entrar en portería empañaron un poco el gran partido rojiblanco. Gameiro volvió a demostrar su potencial, Torres que todavía tiene goles guardados y los saca siempre que hacen falta, Griezman suma y sigue golazo a golzo, Saúl volvió a hablar diciendo que si no marca golazo no vale, y todo esto tras un gran trabajo de equipo.

16864133_1761223403891731_2270455460361963328_n

Un disparo mal despejado de Moyá acabó en gol, era el segundo de los alemanes, el primero, también inevitable. El cuarto gol del Atleti le dio vida. Queda la vuelta en el Calderón, y todos nos sabemos el guion inicial, aunque no existen los guiones de hierro y menos en el fútbol. Un Calderón entregado al 100%, un equipo que saldrá a morder, por hecho que tenga la eliminatoria, un Simeone animando y ayudando a la grada y al equipo, sin olvidarse del equipazo que tendrán enfrente. Todo ello para pasar acuartos de final de Champions League. Disfruten señores de este Atleti. Con o sin sufrimiento. Bendita locura!!

El Derbi definitivo, otra vez

“Sólo los más grandes son capaces de afrontar la más dulce de las victorias junto a la más cruel de las derrotas.”

El Atlético siempre ha hecho unas grandes campañas publicitarias y, aunque ésta no haya sido una de las que más han calado, como siempre golpea justo en el clavo. Aquellos que no vivieran el partido no pueden imaginarse cómo se sintió aquella final de Champions (hablamos de ella en un pasado lejano, para probar a ver si así duele menos).

image

Muchos niños de ahora no serán capaces de imaginar lo que les dolió a los atléticos esa final, ese gol, del minuto 93. Quizá, sólo quizá, sean los holandeses quienes puedan recordar una decepción de tal calibre. Sí, como perder un mundial en la prórroga, tengo mis motivos para decirlo.

La última gran victoria del Atlético, el año cumbre de la historia del club, 1996, el doblete, hace exactamente veinte años y un día.
Yo, atlética acérrima desde que tengo memoria, no soy capaz de recordar esa victoria. Sin embargo puedo recordar perfectamente los dos años en segunda, el “infierno rojiblanco”, se masticaba en los billares que el Atleti había bajado a Segunda, que decía Sabina. Recuerdo a aquel familiar que tan  atlético había sido, dejaba el barco, y me regalaba un álbum de años de recortes de periódicos, que me esforcé en completar semana a semana. Recuerdo un anuncio en el que un tal Mono Burgos salía de una alcantarilla y todo el mundo se reía de un comercial tan absurdo. Con el tiempo, creo que no pudo haber analogía mejor. Recuerdo pertrecharme de una cinta del pelo ancha e imitar al polémico portero y al ya mítico disparo de Figo, que se convirtió en representación teatral de toda reunión familiar que se preciase.

En el 2004 jugué en el Atlético féminas, y al fin conocí cómo se sentía ser del Atleti desde dentro, llevar la camiseta, aunque fuera jugando con niñas de doce años.

Los niños que crecieron en mi época (o un poco antes) crecieron siendo los únicos de clase del atlético (con otro compañero, o dos, a lo sumo). Crecimos rodeados de familiares que nos preguntaban por qué éramos del Atleti (sí, como en el anuncio), con amigos que se burlaban y reían, año tras año, derbi tras derbi.

Recuerdo obstinarme, enfadarme y hasta llorar año tras año. Recuerdo discutir con el padre de una compañera camino al colegio, diciendo que esta vez sí que sí, que iba a marcar Torres el primer gol, y que les íbamos a ganar.

Imagínense una infancia y adolescencia así, imagínense media vida sufriendo, minuto a minuto, sin conocer la victoria. Hasta que la conocimos, y en Europa, de qué manera, aunque los demás pelearan por la Champions para nosotros éso era un sueño hecho realidad. Recuerdo mis primeras lágrimas en Neptuno, gritar hasta quedarme sin voz. Curiosamente, entre esas decenas de cánticos no estaba aquel de “volveremos, volveremos, volveremos otra vez, volveremos a ser campeones, como en el 96” Nadie se imaginaba soñar con ello, ni siquiera yo.

Los más optimistas lo soñaron, lo imaginaron, juraron y, de verdad, creyeron, que este año sí, que íbamos a ganar la Liga. Yo no lo creí hasta el último minuto. No fui capaz de soñarlo, ni siquiera, hasta que quedó media hora para el final del partido. “Treinta minutos. Veinticinco minutos” Me informaba, ¡como si no lo supiera! Un madridista sentado a mi lado.

El árbitro pita el final del partido y no soy capaz de moverme. No sé qué hacer. Entierro la cabeza en los brazos, me paso una y otra vez las manos por la cara. Lloro. Se me escapan las lágrimas y me doy cuenta que las manos me tiemblan tanto que no puedo ni chocarlas con los vecinos. Aún noto el temblor en los dedos ahora, mientras escribo esto.

Era lo que no nos habíamos atrevido a soñar. Era la victoria en el último partido, era ganar la Liga. Era el sueño de miles de niños que se hicieron del Atleti en el descenso, de quellos que, cuando les gritaban que habían vuelto a perder otra vez, respondían cantando a gritos el himno.

Y llegamos a la final de Champions. Dejando atrás al Chelsea, Milan, y al propio Barcelona. Para encontrarnos contra nuestra pesadilla de todos los años, con el vecino de campo, con el compañero de trabajo, de mesa en el instituto, el colega del bar, con el hermano, el tío y para muchos, también con el compañero de cama. Era la ocasión perfecta y no podía ser más emocionante. Unos se jugaban la décima, otros la primera. Imposible de saber quiénes iban con más ganas.

Decía un artículo (y daba de nuevo en el clavo), que ése era El Derbi. Con mayúsculas. Que, si normalmente un derbi duraba todo un fin de semana, hasta el lunes en el trabajo, donde alzabas la cabeza orgulloso y lanzabas una pulla, o la agachabas y musitabas que otra vez tendrías la revancha; pero ése derbi iba a ser el definitivo, la victoria o la derrota definitiva, que redimiría las heridas que ambos aún se sanaban (una copa perdida el año anterior el uno, años de derrotas el otro). Ése derbi se viviría toda una vida.

Y así fue, o así será, porque aún se siguen sintiendo las consecuencias de aquella cruel derrota.

Un gol de Godín un poco de carambola nos empezó a llevar al cielo. Pero aún no nos lo creíamos. Pasaban los minutos y sufríamos cada vez más, pero así era como jugábamos. Éramos el equipo que infartaba el Manzanares, nos llamaban el Pupas, y era por algo. Cinco minutos de descuento. Creo que Simeone fue reflejo de todos los atléticos en ese momento. La indignación ¿¡Cinco minutos!? ¡qué exageración! Y sufríamos, volvíamos a sufrir y nos veíamos siendo el Pupas, nos veíamos perdiendo otra final en el último minuto. Algunos de nosotros teníamos el pasado tan subido a la espalda que no supimos soñar. Y perdimos, volvimos a perder. A falta de dos minutos para la victoria más absoluta de nuestra historia. A dos minutos del sueño jamás soñado, de llegar al cielo tan solo cantando un himno con sabor a gloria. Gloria que se truncó a dos minutos del fin a manos de un magnífico Ramos.

No hay palabras para expresar la crueldad de ése momento.

Recordad todo lo que os he contado: una infancia de derrotas, ¿por qué eres del Atleti? Os hemos vuelto a ganar. “Se busca rival digno para un derbi decente”. Y te encuentras en el momento en que todo puede cambiar “es el derbi definitivo” la gloria. La tienes. Ya puedes saborearla. La copa está en el estadio y en tan solo dos minutos más (después de miles de minutos de lucha, de cansancio) rozarás el cielo con tus manos.

Es entonces cuando lo pierdes todo.

Te levantas, gimes, te hundes en el asiento, gritas, intentas en vano contener unas lágrimas de rabia que se escapan de tus ojos. Ante ti, tu ciudad, tus amigos, tu familia, están rozando la gloria.

La prórroga son sólo treinta minutos en los que intentas recuperarte del shock. No te importan los goles, por mucho que suene tópico. Empiezas a hacerte a la idea, a aceptar que no pudo ser, y a sentirte orgulloso de tu equipo, que ha luchado por lo que nadie creía que pudiera luchar, y ha estado a punto de conseguirlo. Intentas hacerte a la idea, aunque no lo conseguirás al escuchar el pitido final, ni a ver la copa en unas manos que no son las del capitán que esperas, ni cuando la estatua rodeada de gente es la equivocada; sabes que pasará a la memoria del fútbol y años después seguirás pensando “tan sólo dos minutos, la teníamos tan, tan cerca.”

Esa noche sólo quieres irte a dormir, tragarte la rabia, la decepción y la tristeza para, a la mañana siguiente, volver con la cabeza bien alta, dar la enhorabuena al vecino y decir, con total confianza esta vez, que la próxima vez seréis vosotros quien ganéis.

Hace dos años escribí esto, y muchas cosas han cambiado. Quedan sólo dos días para que la final se repita y resulta que el Derbi definitivo no era tan definitivo.
Ya no hay miedo en el Atlético, ya no vamos con la sensación de ser el equipo que tiene las de perder, ya no hay partido en el que mi Atleti no tenga muchas papeletas para ganar. Hemos crecido mucho en estos dos años, y este sábado, Atleti, vas a ir a por ellos. No por Lisboa, no por la revancha, ni porque el fútbol te lo deba después de tantos batacazos injustos. Porque el Atleti se merece tocar el cielo con los labios, y besar la copa. Es hora de bajar el pasado de la espalda y soñar más fuerte que nunca.
Hasta el sábado, atléticos.

Fernando Torres, el 9.

¿De verdad son necesarios los ídolos? Preguntaba Patricia hace unos días.

No puedo evitar contestarle.

Porque un ídolo es una vía directa al corazón del aficionado, del hincha. Cada crítica duele como si fuera propia, cada elogio hace henchirse de orgullo, y los insultos duelen más que si insultaran a tu propio hermano.

Eso me ocurre a mí, y a cientos de atléticos, con Fernando Torres. El niño comenzó a ser un ídolo cuando empezó a ser el niño de los amores rojiblancos, cuando daba sus primeras cabalgadas por el Calderón, y marcaba sus primeros goles.

1458468388_061421_1458468719_album_grande

Ha llovido mucho en la orilla del Manzanares desde entonces, cuando el chaval de diecisiete años debutaba ante el Leganés, en los infiernos de segunda. Muchas lluvias han caído desde entonces desde aquel 2001, y aún así el río volvió a teñirse de rojiblanco aquel 4 de enero de 2015, cuando regresó. Cuando volvió a casa.

Servidora, como tantos otros, se compró su camiseta, aunque el Niño viniera en horas bajas, aunque no fuera el de antes y muchas y malas lenguas murmuraran que regresaba al Atlético para retirarse. Porque, siete años y medio antes, supe que se iba, pero que era un billete con fecha de regreso, y prometí que llevaría la rojiblanca con su nombre el día que volviera a lucir el nueve. Que defendería su camiseta igual que él defendió su escudo del alma hasta llevando la elástica de otros colores.TORRES_ESCUDOblog

La historia de Fernando Torres es una historia de fe, de corazón y de lealtad, una historia que sólo podía ser rojiblanca.

El Niño preferido del gran Luis Aragonés nos ayudó a salir de Segunda y luchó como nadie en los años en primera, convirtiéndose en capitán y dejándose la piel en cada partido. Con tan sólo 19 años era ya un ídolo y capitán del Calderón, porque se lo había ganado con coraje y corazón, que diríamos ahora en disciplina Simeone.

Convocado con la selección absoluta y convertido en uno de los grandes delanteros de España (a pesar de las críticas de la prensa, siempre presentes), Fernando quiso crecer, y un Atlético que apenas lograba luchar con la Europa League no se lo permitía. Rechazó decenas de propuestas de grandes clubes, pero el momento de abandonar el Manzanares llegó.

Corría el año 2007 y el Atlético perdió ante el Barcelona por un escandaloso 0-6 que muchos nunca olvidaremos. Mientras el capitán apenas podía aguantar las lágrimas de frustración porque su equipo no lograba levantar el vuelo, veía a compañeros suyos retirarse del terreno de juego riendo, bromeando con la derrota. Y el Niño dijo basta.

“Es un partido para olvidar, del que no se puede sacar absolutamente nada positivo. La semana se está haciendo larguísima. Es difícil dormir, salir a la calle… espero que pase cuanto antes para que llegue el siguiente partido. Con el tiempo todo se va olvidando, pero a mí, tres días después, no se me va de la cabeza
  • Declaraciones de Fernando días después del partido.
“Vergonzosa la actuación del Atlético de Madrid ante su público del Vicente Calderón. Pese a tener muchas cosas en juego, los rojiblancos se han visto claramente superados por un Barcelona que ya ganaba por 0-3 al descanso merced a los goles de Messi, Zambrotta y Eto’o. Luego serían Ronaldinho, el propio Messi e Iniesta los encargados de dar la puntilla a un equipo simple, sin ideas y que acabaría quedándose con un hombre menos por la expulsión de Fabiano Eller.”
  • Así de dura fue la prensa con el Atlético.

En julio fichó por el Liverpool y marchó a Inglaterra, donde esperaba triunfar y ganar títulos. Y lo hizo, aunque quizá no como él querría. Fue pichichi de la premier dos temporadas, ganó una Champions, una Europa League, y con la selección absoluta venció un Mundial y dos Eurocopas, pero su paso por el Chelsea con Mourinho, en el Milán y las lesiones, agotaron la chispa del genio que podía haber sido.campeondelmundo

Fueron siete años y medio hasta que regresó al Calderón. De nuevo en la que fue su casa durante tantos años, desde la grada y desde la hierba, se le recibía; aclamado por 45.000 personas que coreaban su nombre. Los niños preguntaban cuándo empezaba el partido, por qué había un hombre solo en el campo, por qué todos habían venido por él.14203790741461_997x0

Porque se lo merecía. Porque Fernando Torres fue un ídolo dentro y fuera del campo, como jugador Atlético y de otros equipos. Incluso lejos de su tierra (el Calderón), defendió los colores rojiblancos; nunca dijo una palabra más que de agradecimiento por su equipo, siempre lo apoyó, y eso, es lo que hacen los ídolos.

“Regresé al Atlético en busca de mi felicidad. Cuando era niño mi gran sueño era jugar en el Atlético de Madrid. Entonces lo conseguí y regresar siete años y medio después significó para mí hacer realidad otro sueño. Fue todo un honor jugar para Liverpool FC, Chelsea y A.C. Milan, pero una cosa me queda muy clara: como el Atleti no hay ninguno.”

Hoy la situación de Fernando es complicada, hace meses Cerezo reiteró que no se planteaban la compra del Nueve, atascado en el gol 100 en una sequía que desesperaba hasta a los más fieles. Pero la vida del delantero, más que la de cualquier otro jugador de campo, son rachas, y Torres supo salir. Ahora ha sabido sacar adelante al equipo con goles importante y ha vuelto a abonarse a enviar balones al fondo de la red; el último, cerrando el Calderón hasta la temporada que viene, ante el Celta.

La renovación es aún un tema tabú, del que no se hablará hasta después de la final de Champions, aunque ya se hayan confirmado renovaciones como la de Saúl y la de Tiago, aunque la afición lo tenga claro, y lo corea desde la grada cada partido defendiéndole como él hizo desde el primer día.

Fernando Torres se ha ido convirtiendo, poco a poco, en un mito para el equipo, que ha defendido el escudo aunque no le tocaba, que ha dado la cara por él y ha regresado porque no quería morir sin ganar un título con el atlético de Madrid.

En un Atlético que más que nunca se basa en las convicciones, en soñar, Fernando Torres es una pieza más, imprescindible en el bloque.torres-vio-porteria-camp-nou-1459883898417

Niño, que regresaste al Atleti para ganar un título, marca un gol en Milán, gana la Champions con nosotros, llévanos a la gloria como siempre hemos querido, porque un jugador como tú es el que necesita el Atlético, un jugador que, llueva o nieve, nunca deja de soñar.